SALVACIÓN PARA EL HOMBRE
Párrafos del Mensaje para
Cada
año, con ocasión de
Justicia: «A cada uno lo suyo»
Me detengo,
en primer lugar, en el significado de la palabra “justicia”, que en el lenguaje
común implica “dar a cada uno lo suyo” - “dare
cuique suum”, según la
famosa expresión de Ulpiano, un jurista romano del siglo
III. Sin embargo, esta clásica definición no aclara en realidad en qué consiste
“lo suyo” que hay que asegurar a cada uno.
Lo más necesario del hombre es el Amor
Aquello
de lo que el hombre tiene más necesidad no se le puede garantizar por ley. Para
gozar de una existencia en plenitud, necesita algo más íntimo que se le puede
conceder sólo gratuitamente: podríamos decir que el hombre vive del amor que
sólo Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza, puede comunicarle. Los
bienes materiales ciertamente son útiles y necesarios (es más, Jesús mismo se
preocupó de curar a los enfermos, de dar de comer a la multitud que lo seguía y
sin duda condena la indiferencia que también hoy provoca la muerte de
centenares de millones de seres humanos por falta de alimentos, de agua y de
medicinas), pero la justicia “distributiva” no proporciona al ser humano todo
“lo suyo” que le corresponde. Éste, además del pan y más que el pan, necesita a
Dios. Observa san Agustín: si “la justicia es la virtud que distribuye a cada
uno lo suyo... no es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero
Dios” (De Civitate Dei,
XIX, 21).
¿De dónde viene la
injusticia?
El
evangelista Marcos refiere las siguientes palabras de Jesús, que se sitúan en
el debate de aquel tiempo sobre lo que es puro y lo que es impuro: “Nada hay
fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del
hombre, eso es lo que contamina al hombre... Lo que sale del hombre, eso es lo
que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen
las intenciones malas” (Mc 7,15. 20-21). Más allá de la cuestión
inmediata relativa a los alimentos, podemos ver en la reacción de los fariseos
una tentación permanente del hombre: la de identificar el origen del mal en una
causa exterior.
La injusticia también viene de dentro
Muchas
de las ideologías modernas tienen, si nos fijamos bien, este presupuesto: dado
que la injusticia viene “de fuera”, para que reine la justicia es suficiente
con eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta
manera de pensar, advierte Jesús, es ingenua y miope. La injusticia, fruto del
mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón
humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal.
Lo reconoce amargamente el salmista: “Mira, en la culpa nací, pecador me
concibió mi madre” (Sal 51,7). Sí, el hombre es frágil a causa de un
impulso profundo, que lo mortifica en la capacidad de entrar en comunión con el
prójimo.
El peligro de encerrarse en sí mismo
Abierto
por naturaleza al libre flujo del compartir, siente dentro de sí una extraña
fuerza de gravedad que lo lleva a replegarse en sí mismo, a imponerse por
encima de los demás y contra ellos: es el egoísmo, consecuencia
de la culpa original. Adán y Eva, seducidos por la mentira de Satanás,
aferrando el misterioso fruto en contra del mandamiento divino, sustituyeron la
lógica del confiar en el Amor por la de la sospecha y la competición; la lógica
del recibir, del esperar confiado los dones del Otro, por la lógica ansiosa del
aferrar y del actuar por su cuenta (cf. Gn 3,1-6), experimentando como
resultado un sentimiento de inquietud y de incertidumbre. ¿Cómo puede el hombre
librarse de este impulso egoísta y abrirse al amor?
Justicia y Sedaqad
(...) Sedaqad significa, por una parte, aceptación plena
de la voluntad del Dios de Israel; por otra, equidad con el prójimo (cf. Ex
20,12-17), en especial con el pobre, el forastero, el huérfano y la viuda (cf. Dt 10,18-19). Pero los dos significados están
relacionados, porque dar al pobre, para el israelita, no es otra cosa que dar a
Dios, que se ha apiadado de la miseria de su pueblo, lo que le debe. No es
casualidad que el don de las tablas de
La liberación de corazón
Por lo
tanto, para entrar en la justicia es necesario salir de esa ilusión de
autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra
injusticia. En otras palabras, es necesario un “éxodo” más profundo que el que
Dios obró con Moisés, una liberación del corazón, que la palabra de
Cristo, justicia de
Dios
El
anuncio cristiano responde positivamente a la sed de justicia del hombre, como
afirma el Apóstol Pablo en
¿Cuál
es, pues, la justicia de Cristo? Es, ante todo, la justicia que viene de la
gracia, donde no es el hombre que repara, que se cura a sí mismo y a los demás.
El hecho de que la “propiciación” tenga lugar en la “sangre” de Jesús significa
que no son los sacrificios del hombre los que le libran del peso de las culpas,
sino el gesto del amor de Dios que se abre hasta el extremo, hasta aceptar en
sí mismo la “maldición” que corresponde al hombre, a fin de transmitirle en
cambio la “bendición” que corresponde a Dios (cf. Ga 3,13-14).
Pero esto
suscita en seguida una objeción: ¿qué justicia existe donde el justo muere en
lugar del culpable y el culpable recibe en cambio la bendición que corresponde
al justo? Cada uno no recibe de este modo lo contrario de “lo suyo”? En realidad, aquí se manifiesta la justicia divina,
profundamente distinta de la humana. Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el
precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia
de
Se
entiende, entonces, cómo la fe no es un hecho natural, cómodo, obvio: hace
falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo “mío”,
para darme gratuitamente lo “suyo”. Esto sucede especialmente en los
sacramentos de
Precisamente
por la fuerza de esta experiencia, el cristiano se ve impulsado a contribuir a
la formación de sociedades justas, donde todos reciban lo necesario para vivir
según su propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivificada por el
amor. (...)
(Tomado
de www.vatican.va)